Marco y el Robot

Marco no tiene muchos amigos. Vive en una gran casa en las afueras, en una nueva ciudad donde sus padres se han traslados por motivos de trabajo.

No conoce a nadie en el barrio, formado por unas pocas casas individuales. En el colegio apenas tiene amigos con los que jugar.

 

Pasa las horas en casa, jugando solo.  Tiene incontables cajas de juguetes que sus padres le han comprado, pero lo que de verdad quiere Marco es un amigo con el que poder compartir todos los  juegos que tiene. Un compañero con el que poder jugar al escondite, con el que investigar los alrededores de la casa, con el que construir una casa en el gran árbol viejo que preside su enorme casa nueva.

 

El padre de Marco tiene un taller y el garaje de su casa está lleno de piezas mecánicas.

Marco no sabe para qué sirve ninguna, pero como tiene mucho tiempo libre, los fines de semana le encanta meterse en el garaje y montar formas con las piezas: tornillos, tuercas, aros, arandelas, muelles, ruedas,…

 

A veces monta motos y coches, con sus ruedas y focos incluidos. O monta edificios de metal y tuercas. También le encanta construir puentes y ciudades completas sobre el suelo y jugar con sus coches de carreras.

 

Pero esta semana se ha propuesto un nuevo reto.

Ayudado de una vieja lata de aceite, unos tubos metálicos y un motón de tornillos y tuercas está construyendo un robot.

 

 

Ha utilizado la lata a modo de cabeza y con unos aros metálicos le ha hecho unos ojos. Con los tubos le ha construido brazos y piernas. Con dos latas cuadradas de clavos ha hecho unos pies para que pueda sostenerse y con una caja de detergente le ha construido un cuerpo, adornado con un precioso cinturón, formado por una cadena de moto.

 

El robot es inmenso, casi tan grande como él. Las arandelas en la cara le otorgan una mirada amable y simpática, pero vacía. Le ha quedado perfecto, pero es solo un robot inanimado. Sin vida… — “Ojalá pudiera hablar” — piensa Marco mientras cierra el portón del garaje para irse a cenar.

 

Pero esa noche, mientras que Marco está ya metido en la cama, un rayo de luna entra por una rendija de la ventana del garaje y alumbra tímidamente la cara del robot, que sin explicación alguna, empieza sonreír y dice con una voz metálica y hueca, pero amable y cariñosa…                                                     

— ¡Hola Marco! ¿Quieres jugar conmigo?

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