La caja de cartón

Hoy ha llegado una caja de cartón inmensa por correo. No tiene remitente, ni destinatario.

Es una caja de cartón de un metro y medio de alto por un metro de ancho y otro de profundidad. Una gran caja de cartón en apariencia vacía, porque no pesa absolutamente nada, solo unos gramos del cartón de la propia caja.

Andrés no sabe qué hacer con la caja:

  • ¿La abro a ver si tiene algo? Pero, ¿Y si no es para mí y ha llegado por equivocación? En la caja no pone absolutamente nada. ¡Vaya lío!

Así que al final Andrés decide que no va a hacer nada con la caja, la va a dejar en un rincón de la casa y va a esperar unos días a ver si alguien la reclama, o vuelve el hombre de la empresa de mensajería y se la lleva de nuevo. Sería lo mejor, porque la incertidumbre está volviendo loco a Andrés.

Esa noche,  como todos los días, después de cenar Andrés se lava los dientes y sube a su dormitorio. Lee un poco hasta que el sueño le invade y se queda dormido. Pero en su cabeza una olla a presión está a punto de estallar. ¿Qué tendrá la caja?, ¿Por qué no pone absolutamente nada en la tapa? ¿Se habrá equivocado la empresa de transporte?

No para de dar vueltas en la cama. Las horas van pasando y no puede quedarse dormido. Las diez, las once, las doce… A lo mejor está llena de confeti, o de corcho. La una, las dos, las tres… A lo mejor está llena de nubes de algodón, o de papel arrugado. Las cuatro, las cinco, las seis…

Pero más poderosa que la curiosidad es el miedo. Y si dentro de la caja ha y algo malo y está abajo ahora mismo abajo, sin nadie que la vigile. Y si por la noche, cuando nadie observa, se abre la caja y sale algo que no debería salir. La caja está en salón, dentro de la casa de Andrés.

Totalmente desesperado. Invadido por la incertidumbre, al final reúne las fuerzas y el valor necesario y baja las escaleras camino del salón, con unas tijeras de cortar cartón que ha cogido del cajón de su escritorio y pertrechado con una linterna.

Entra en salón y ayudado por su linterna, utiliza una punta de sus tijeras o modo de cuchillo y rasga la débil cinta plástica marrón que cierra la caja. Con las manos temblorosas, agarrando la luz con la boca, abre las dos tapas de la caja de cartón y mira en su interior.

La caja está vacía. No contiene absolutamente nada.  Entonces Andrés deja las tijeras y la linterna apagada en el suelo, se mete completamente en la caja, cierra las tapas con los dedos desde dentro y por fin esa noche… se queda dormido.

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