El Monstruo del Armario

Como cada día, después de cenar, llega la hora de irse a la cama para Pablo y Ana… y empiezan los problemas. Al principio todo va bien. Se lavan los dientes, la cara, hacen un pipí y leen un rato. Suben sus papás a desearles buenas noches, beben un vasito de agua y… se apaga la luz.

Es entonces cuando en la habitación de Pablo y Ana empiezan a suceder cosas extrañas.

Justo cuando los dos niños empiezan a quedarse dormidos, cada noche, una voz antigua, ronca y profunda, que sale desde el fondo del armario, dice lentamente:

  • ¡Soy el monstruo del armaaario! ¡Y tengo muuucha hambre!

De un respingo los niños se levantan y encienden la luz mientras llaman a gritos a su papa:

  • ¡Papá, papá! ¡Hay un monstruo en el armario!

Siempre la misma historia” – Va pensando el papa de Pablo y Ana mientras sube las escaleras camino del dormitorio de los niños – “Estos niños tienen la cabeza llenas de cuentos y cada noche la misma historia”.

  • ¡A ver! ¿Qué pasa aquí? — Dice el padre mientras abre la puerta del armario para mostrarle a los niños que allí no hay ningún monstruo.

—  Pero papá… Hemos oído otra vez desde el fondo del armario la voz del monstruo diciendo que tenía hambre, mucha hambre.

—  Muy bien. Pues por lo que se ve es cosa de vuestra imaginación. A la cama a dormir inmediatamente. Aquí no hay ningún monstruo.

El padre baja de nuevo las escaleras  para seguir viendo la tele, mientras deja a los niños a oscuras en el dormitorio. Solos. Intentando quedarse dormidos. Pensando todo el tiempo si acaso ese ruido no ha sido realmente un producto de su imaginación como dice su padre. Una ilusión provocada por la cantidad de cuentos y leyendas que escuchan.

Los niños tratan de quedarse otra vez dormidos, pensando en otra cosa, cayendo poco a poco en los brazos de Morfeo (1)… y cuando están a punto de quedarse dormiditos de nuevo… vuelve a oírse desde el interior del armario, una voz rasgada y rota, como si proviniese del interior de un árbol enorme y anciano…

— ¡Soy el monstruo del armaaario! ¡Y tengo muuucha hambre!

Y a continuación

— ¡Papá, papá! ¡Hay un monstruo en el armario!

 “Ya está bien de tanto alboroto. No hay ningún monstruo ni dentro del armario, ni debajo de cama, ni detrás de la cortina. No hay ningún monstruo en esta casa, ni en ninguna otra casa, porque los monstruos no existen.” —  grita el padre bastante enojado

¡Qué raro! Estaba claro que el padre de Pablo y Ana no era capaz de oír al monstruo.

Es entonces cuando los niños, cansados de que su padre no fuese capaz de echar al monstruo y asustados por las voces que llegan cada noche desde el fondo del armario, toman una decisión muy importante…. y trazan un plan:

Bajan de puntillas las escaleras hasta la cocina y preparan un vaso de leche con un plato de deliciosas galletas con trocitos de chocolate, las preferidas de los niños. Con mucho cuidado lo colocan todo en una bandeja y la suben al dormitorio, dejándola junto al armario. Después pegaron a la puerta con los nudillos y corriendo se meten en la cama y se tapan hasta la cabeza, esperando a que vuelva el monstruo.

Pasa un minuto, dos, cinco, media hora… y por fin… se quedan dormidos. Pero a media noche los niños se despiertan al oír un ruido, miran hacia el armario y no  se pueden creer lo que sus ojos están viendo.

El monstruo del armario es una criatura enorme, de casi dos metros de altura, gordo como una cebolla y peludo como un felpudo. Tiene una cabeza descomunal, redonda, con una barba enmarañada que se confunde con su pelo. Sus ojos grandes como platos, son también redondos y blancos como la pared, de aires bondadosos, otorgándole a su rostro un gesto amable y tranquilo. Sus dientes parecen piedras de río: blancos, grandes y romos.

Está fuera del armario, agachado, devorando con cara de alegría las galletas y bebiendo el vaso de leche que le habían dejado los niños. Y guiñando un ojo, con una sonrisa de oreja a oreja le va diciendo a los niños mientras se come el último trocito de galleta:

  • ¡Muchas gracias por compartir conmigo vuestras galletas! Tenía mucha hambre.

 

 

(1) En la mitología griega, Morfeo (en griego antiguo Μορφεύς, de μορφή morphê, ‘forma’) es el dios de los sueños, hijo del dios del sueño (Hipnos), y encargado de llevar sueños a reyes y emperadores. Según ciertas teologías antiguas, es el principal de los Oniros, los mil hijos de Hipnos (el Sueño) y Nix (la Noche, su madre), o por Hipnos con Pasítea.

 

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